Aquel día me sentía bien y a la vez mal, era una sensación difícil de explicar. Me sentía feliz pero a la vez triste porque tenía que ir a clase a aguantar a los típicos matones de barrio.
Ese día pensé: como hace tiempo que no me ocurre nada, no creo que vaya a ser un mal día. Pero la intuición me falló esta vez, a Luis, así se llamaba uno de los abusones, no se le ocurrió nada mejor que pegarme porque no le ayudaba con los deberes. Como siempre, los profesores no hicieron nada.
Entonces me sentí fuerte y en ese momento supe que podía eliminarlos utilizando mi mente, cosa que ellos no tenían o no sabían utilizar. Decidí construir un aparato capaz de destruirlos sin esfuerzo.
Después de muchas tardes de estudio conseguí construir el aparato, que todavía tengo en casa por si acaso, basándome en una teoría de un científico que no conocía, pero que según mi padre, había sido muy importante en la elaboración de una teoría que se basaba en la reducción de las células.
Al día siguiente de construir el aparato fui a donde Luis y le grité:
— ¡Luis, ya me has molestado bastante! Ahora lo pagarás —en este momento apunté a Luis con el aparato, lo accioné y encogió hasta ser del tamaño de un niño de cinco años.
—¿Qué me estás haciendo?—balbuceaba mientras encogía.—Voy a matarte. ¡Ya puedes correr!
—¡Escúchame bien!— vociferé mientras me marchaba— ¡Ya no le harás daño a nadie más!
Al ver que había encogido la gente empezó a reírse de él. Desde aquel día todo ha cambiado y yo no tengo cargo de conciencia porque sé que se lo merecía y que hice justicia.